¿Que cuántos años tengo?

¿Que cuántos años tengo?

“Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo…

¡Qué importa eso!

Tengo la edad que quiero y siento.

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.

Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.

Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,

sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,

para hacer lo que quiero,

para reconocer yerros viejos,

rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen porqué decir: Eres muy joven… no lo lograrás.

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,

pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos,

y las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada,

ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.

Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Que cuántos años tengo?

No necesito con un número marcar

mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas…

Valen mucho más que eso.

¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!

Lo que importa es la edad que siento.

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero,

pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos.

¿Que cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!

Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.”

 

(José Saramago)

Las hojas no caen, se sueltan

Las hojas no caen, se sueltan….

Siempre me ha parecido espectacular la caída de una hoja.

Ahora, sin embargo, me doy cuenta que ninguna hoja “se cae”

sino que llegado el escenario del otoño inicia la

danza maravillosa del soltarse.

Cada hoja que se suelta es una invitación a nuestra predisposición

al desprendimiento.

Las hojas no caen, se desprenden en un gesto supremo de generosidad

y profundo de sabiduría:

la hoja que no se aferra a la rama y se lanza al vacío del aire

sabe del latido profundo de una vida que está siempre en movimiento

y en actitud de renovación.

La hoja que se suelta comprende y acepta que el espacio vacío

dejado por ella

es la matriz generosa que albergará el brote de una nueva hoja.

La coreografía de las hojas soltándose y abandonándose

a la sinfonía del viento

traza un indecible canto de libertad y supone una interpelación

constante y contundente

para todos y cada uno de los árboles humanos que somos nosotros.

Cada hoja al aire que me está susurrando al oído del alma

¡suéltate!, ¡entrégate!, ¡abandónate! y ¡confía!.

Cada hoja que se desata queda unida invisible y sutilmente

a la brisa de su propia entrega y libertad.

Con este gesto la hoja realiza su más impresionante movimiento

de creatividad

ya que con él está gestando el irrumpir de una próxima primavera.

Reconozco y confieso públicamente,

ante este público de hojas moviéndose al compás del aire de la mañana,

que soy un árbol al que le cuesta soltar muchas de sus hojas.

Tengo miedo ante la incertidumbre del nuevo brote.

Me siento tan cómodo y seguro con estas hojas predecibles,

con estos hábitos perennes,

con estas conductas fijadas, con estos pensamientos arraigados,

con este entorno ya conocido…

Quiero, en este tiempo, sumarme a esa sabiduría,

generosidad y belleza de las hojas que “se dejan caer”.

Quiero lanzarme a este abismo otoñal que me sumerge

en un auténtico espacio de fe,

confianza, esplendidez y donación.

Sé que cuando soy yo quien se suelta, desde su propia

consciencia y libertad,

el desprenderse de la rama es mucho menos doloroso y más hermoso.

Sólo las hojas que se resisten, que niegan lo obvio,

tendrán que ser arrancadas por un viento mucho más

agresivo e impetuoso

y caerán al suelo por el peso de su propio dolor.

(Texto original de José María Toro,

extraído del libro “La Sabiduría de Vivir”)

Los 7 principios de un samurái



Los 7 principios de un samurái

  1. YU – Coraje. Un samurái lleva implícito el coraje; es coraje. Vive la vida de forma plena, completa, maravillosa. El coraje heroico no es ciego, es inteligente y fuerte. El samurái desarrolla el coraje y hace que su cuerpo lo sea ejerciendo el control sobre el mismo y reemplazando el miedo por el respeto y la precaución.El valiente no sigue los pasos de la estupidez.
  1. REI – Cortesía. Un samurái es cortés con sus enemigos y no necesita demostrar su fuerza. Es por ello que un samurái recibe más respeto por su manera de tratar a los otros que por su destreza en el campo del batalla. Es en las situaciones limites, en las que el samurái invoca y manifiesta la fuerza interior.Un alma sin respeto es una morada en ruinas
  1. JIN – Compasión. Mediante el entrenamiento intenso el samurái se convierte en rápido y fuerte. No es como el resto de los hombres. Desarrolla un poder que emplea en beneficio de todos. Aunque su lealtad sea al señor, debe ser compasivo ayudando a sus compañeros en cualquier circunstancia.Si la oportunidad no surge, se sale de su camino para encontrarla.
  1. GI – Justicia. Es honrado en su trato con todo el mundo. Cree en la Justicia, pero no en la que emana de los otros, sino en la suya propia. Para un samurái no existen las tonalidades de grises en lo que a justicia y honradez se refiere. Sólo existe lo correcto y lo incorrecto.
  1. MEIYO – Honor. El samurái sólo tiene un juez para juzgar sus actos y es él mismo. Las decisiones que se toman y el cómo son ejecutadas son el reflejo de quien es. La muerte no es eterna; el deshonor, sí
  1. CHUGO – Lealtad. Un samurái es leal a su Señor, y a todos aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, siempre responde con su vida.
  1. MAKOTO – Sinceridad – Verdad. Cuando un samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. Nada lo detendrá en la ejecución de lo dicho. No da su palabra. No promete. El simple hecho de hablar pone en movimiento el acto de hacer. Las palabras de un hombre son como sus huellas; puedes seguirlas donde quiera que él vaya. Decir y hacer es la misma cosa. Cuidado con el camino que sigues.

Creo que quiero ser una mujer samurái…

La Certeza

En otros tiempos, un joven monje presa de dudas no podía comprender qué había que hacer para creer, para tener fe. Fue a ver a su maestro y le preguntó si podía esperar que en el futuro comprendería, aunque sólo fuera un poco.
-No es necesario comprender -respondió el anciano maestro.
-Si no comprendo, ¿cómo tener fe?
-Inútil tener fe – dijo el Maestro.
-Entonces, no entiendo nada – dijo el monje.
-Lo único que necesitas es una fuerte certeza – replicó el Maestro.
Anochecía, y el anciano maestro salió del templo con su discípulo. Apuntando hacia el cielo con el dedo, le preguntó:
-¿Ves la estrella que brilla allí arriba?
 El joven miró en la dirección indicada y respondió:
-Sí, la veo.
-¿Ves ahora esa otra que está justo al lado?
-No hay ninguna al lado – dijo el discípulo.
-Mira bien – agregó el Maestro.
Y efectivamente, el discípulo percibió una estrella casi invisible. Si trataba de mirarla directamente, no la veía; en cambio, si la miraba ligeramente de soslayo, la estrella se volvía perceptible. El Maestro le dijo entonces:
-Es lo mismo que la certeza. Comprender es ver la estrella que brilla; tener fe es estar seguro de que existe una estrella aunque uno no la vea; la certeza interna es saber que existe aunque no se le perciba claramente. He utilizado esta metáfora para educarte, ahora debes comprender por tí mismo.
Al joven monje le impresionó muchísimo la sabiduría de su maestro, pero se preguntaba cómo podía éste saber que había una estrella invisible justo en ese sitio.
El Maestro le dijo entonces:
-Las estrellas son innumerables; creo que tú y yo no mirábamos la misma. El número de estrellas es tan grande, que siempre existe una invisible, en cualquier lugar, que solo se puede ver si se mira sin mirar.
TAISEN DESHIMARU

 

Las palabras son vibraciones poderosas

La palabra no solamente se utiliza para comunicar, también fue creada para sanar. Es importante saber el significado consciente de nuestras palabras para que nos empoderen y así, ser capaces de hablar lo necesario en el momento justo.

Todo en la creación está compuesto de moléculas, cada una de ellas posee una afinidad con las demás, es decir están relacionadas. Al saber como opera este mecanismo nos trae a la luz una verdad: Seamos conscientes o no, establecemos una relación con todo lo existente.

La ciencia ha descubierto que el sonido viaja a través del aire desde el punto donde emana, a la asombrosa velocidad de 331 metros por segundo, actuando sobre las estructuras moleculares existentes en la atmósfera, alterando sus frecuencias vibratorias en un modelo en onda, después de lo cual es recibido por los órganos auditivos de una persona y es interpretado por la mente consciente. ¡ Esta es en realidad una verdadera proeza!

Sin embargo, las palabras habladas, que son llevadas como ondas sonoras hacia otra persona, poseen un poder aún más asombroso. Una vez que son interpretadas por la mente de la persona receptora -con mayor velocidad que la del sonido- esas palabras son transmitidas al corazón y al alma. Y, ¡cuanto poder pueden tener esas palabras!

Las palabras pueden sosegar una mente preocupada: ofrecen guía e iluminación; pueden sanar una herida mental, ayudan a compartir ideas y conocimiento; animan y vivifican.

Por otra parte, las palabras pueden causar confusión y discordia. Pueden herir el amor propio, degradar y desestabilizar al ser interno.

En suma, las palabras habladas, pueden crear una polaridad ya sea positiva o negativa no sólo en los demás, sino también en nosotros mismos.

Los sabios están conscientes, que al entonar sonidos vocales, se originan frecuencias vibratorias, que afectan los centros psíquicos del cuerpo, de la manera como sea la entonación de esos sonidos vocales, activa glándulas afines para que desarrollen la función de crear una perfecta armonía dentro del ser físico.

Todos los humanos obedecemos a leyes, con lo cual se establece un equilibrio con las fuerzas cósmicas que son las que impulsan al hombre a comprender que lo que sale de él se vera reflejado inevitablemente en su entorno.

Cuando hablamos, practicamos sonidos vocales yen ese mismo instante se va creando una atmósfera de energía, cuando emitimos sonidos positivos sentimos una sensación de paz interior que invade nuestro ser físico, mental y espiritual, en tanto que nuestro cuerpo se acondiciona a un metabolismo rítmico. El ser total experimenta una armonización sublime. El ser está en reposo; el ser se eleva.

Es muy conveniente cooperar con el ser, vigorizar el ser, pensar en el ser. Pero, ¿Qué pasa con el ser de los demás? cuando nos integramos a nuestras actividades cotidianas y conversamos con otras personas, ¿con cuánta frecuencia las palabras que pronunciamos, producen un efecto sedante y vivificante en los demás, como lo producen los sonidos vocales en nuestro ser interno?

En el mundo actual, es fácil quedar atrapado en las vibraciones confusas y perplejas de nuestra tumultuosa época. A menudo se interrumpe nuestra paz interior y es muy difícil lograr equilibrio emocional.

Todos nosotros, en un momento u otro, nos hemos sentido irritados por las condiciones externas y hemos hablado en forma brusca y airada a otras personas. En la mayoría de los casos ésta es una reacción del momento, puesto que esas palabras airadas son expresadas en forma espontánea, sin pensar, y no son necesariamente un reflejo de la forma de hablar de la persona, sino de su conflicto interno al intentar conservar la paz y la armonía. Pero, ¿Y qué de las palabras que expresamos premeditadas y conscientemente?

¿Son sopesadas con cuidado, teniendo en cuenta los sentimientos de otras personas?

¿Son iluminadoras y compasivas, o ignorantes y egoístas?

¿Crean armonía o discordia?

¿Son palabras de verdadera comprensión o son el producto del chismorreo y de la critica?

La murmuración, el chisme, aún”inocente” y “bien intencionado”, es por lo general el resultado de ignorar la verdad sobre determinada situación, y usualmente injustificada. Se edifica sobre juicios erróneos, y suposiciones, y muy rara vez, da como resultado, la creación de una polaridad positiva.

Así como los átomos, contenidos en el aire chocan y aceleran la vibración, es una onda de sonidos, así también las palabras intrigosas se expanden en proporción, siguen su curso y, ¿con qué finalidad? autodestrucción.

Cuando las palabras son tergiversadas y los pensamientos mal interpretados, la privacidad se ve invadida, se pierde la confianza, la fe es traicionada y se destruye la armonía entre nosotros mismos. Cuando las personas, objeto de las intrigas, escuchan las palabras que se dicen de ellas es porque de una u otra forma siempre llegan a sus oídos, es así como rebota el eco una onda sonido, así rebotan las palabras intrigantes- se desarrollan sentimientos de autodegradación, cólera y desconfianza, mientras la confusión y la desarmonía reinan supremas.

Las palabras de crítica, producen efectos negativos similares, pero de una manera más directa y compleja. Las palabras de censura, que van dirigidas a una persona o a un grupo de personas, especialmente cuando son pronunciadas de manera acerba, no son sólo producto de la ignorancia y de un juicio erróneo sino, por lo general, representan más al punto de vista de quien las profiere, que de aquél a quien se dirige. La crítica tiene como frecuencia, una naturaleza dual, pues refleja autorectitud o desprecio de sí mismo. No sólo crean desarmonía en los demás, sino también en nuestro propio ser. La opinion puede producir algunas veces efecto positivo, pero cuando no es solicitada, causa cierto grado de confusión interna.

Pero, ¿cuál es la causa de que una persona degrade a otros? Es muy posible que a esa persona se le hayan dirigido alguna vez palabras de crítica que le produjeron un efecto adverso; tal vez fueron palabras que se repitieron una y otra vez, por lo cual quedaron cruelmente implantadas en su propia mente, corazón y alma…un ciclo de palabras que con el tiempo perpetúan pensamientos y acciones negativos.

Si las palabras que hablamos, producen tales efectos, ¿Somos en realidad dignos servidores?

Si hemos de crear una polaridad positiva, con las palabras que dirigimos a los demás, debemos cuestionar nuestro propio ser interno.

Recordemos siempre que las palabras que pronunciamos transmiten una vibración mucho más poderosa, de lo que pensamos, porque implantan imágenes en la mente; forman ideas o pensamientos que generan acción. Puesto que todos queremos aferrarnos a una existencia positiva de paz interna y externa, es indudable que nuestras palabras tienen que generar, de una manera positiva, atributos tales como confianza en sí mismo, paz mental, total armonía y equilibrio en todos los aspectos de nuestro ser. Entonces estableceremos una polaridad positiva no sólo en los demás, sino en nosotros mismos y en el Cósmos.

Para los sabios la palabra es energía.

 Y para ti, ¿qué representa?